Pésimo momento para Marcela Feudale

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Marcela Feudale construyó su lugar en los medios argentinos a lo largo de muchos años. Voz reconocida, presencia constante en radio y televisión, y una participación activa en los debates públicos que exceden lo estrictamente profesional. No se limitó nunca a su rol de comunicadora. Siempre eligió decir algo más.

Con el paso del tiempo, esa exposición fue acompañada por una definición ideológica cada vez más marcada. Feudale no solo opinó, sino que militó desde sus espacios, con una inclinación populista clara, sostenida y reiterada. No se trató de deslices aislados, sino de una línea discursiva constante que quedó registrada en entrevistas, editoriales y redes sociales.

Ese posicionamiento la llevó a defender procesos políticos cuestionados, a relativizar denuncias internacionales y a confrontar con quienes pensaban distinto. En X, ese perfil se volvió todavía más evidente. Allí habló sin filtros, respondió críticas y dejó mensajes que no tardaron en circular, ser citados y archivados.

Durante años, ese comportamiento no tuvo mayores consecuencias para ella. El clima político acompañaba, las discusiones quedaban encapsuladas y la polarización funcionaba como escudo. Pero las redes no olvidan y los contextos cambian. A veces, de forma abrupta.

El punto de quiebre llegó cuando se confirmó una noticia que sacudió la política regional y cambió de golpe el escenario. Apenas se conoció que Donald Trump había capturado a Nicolás Maduro y que el régimen venezolano estaba con los minutos contados, las redes sociales estallaron. La información ya estaba validada, circulaba en medios internacionales y no dejaba lugar a interpretaciones.

En ese nuevo contexto, Marcela Feudale quedó expuesta de inmediato. Usuarios de X comenzaron a rescatar viejos mensajes, posteos y declaraciones en las que había defendido al chavismo, minimizado denuncias y cuestionado a quienes advertían sobre la deriva autoritaria en Venezuela. El archivo habló por sí solo.

La reacción fue contundente. No se trató de críticas aisladas ni de trolls ocasionales. Fue una avalancha de respuestas, menciones y citas que la señalaron directamente. Muchos le reclamaron explicaciones. Otros fueron más duros y la acusaron de haber sido funcional a un relato que acababa de derrumbarse.

Feudale intentó reaccionar. Publicó varios tuits seguidos, tratando de justificar sus posiciones pasadas, de explicar el contexto de sus dichos y de diferenciarse de lo que ya era un hecho consumado. Sus respuestas no lograron frenar la embestida. Cada mensaje abría un nuevo frente.

El tono fue cambiando. De la defensa pasó a la incomodidad. De la explicación, al enojo. La sensación de haber quedado del lado equivocado de la historia empezó a pesar. Las respuestas se multiplicaban más rápido que sus intentos de réplica.

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Finalmente, tomó una decisión que habló por sí sola. Tras varios cruces fallidos, se llamó a silencio. Dejó de responder, dejó de justificar y dejó de intervenir. No hubo aclaración final ni autocrítica. El retiro fue abrupto, casi forzado por la magnitud del rechazo.

Para Marcela Feudale, no fue una discusión más en redes. Fue uno de esos momentos en los que el pasado vuelve de golpe y exige respuestas. Y cuando no aparecen, el silencio se convierte en la única salida posible.

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