La frase de Sabrina Ajmechet, “Paremos con este circo”, cayó con la fuerza de una cachetada. No fue un exabrupto: fue una reacción política, una advertencia y una forma de poner en palabras algo que muchos pensaron al ver la última jura en Diputados, donde algunos juramentos parecían más una performance ideológica que un acto institucional.
Ajmechet (LLA) presentó un proyecto de ley que busca impedir que los legisladores que no juren según las fórmulas reglamentarias —las únicas cuatro que el reglamento de la Cámara contempla— puedan ocupar sus bancas. Es una iniciativa que, más allá del tecnicismo parlamentario, toca una fibra profunda: la del respeto por la formalidad, por las reglas y por la simbología que sostiene al Congreso como institución.
Clarito: Diputado que no jura como corresponde no puede ocupar su banca, hasta que realice nuevamente el acto de jura como tiene que ser.
En los últimos años, las ceremonias de jura se han ido poblando de consignas, banderas extranjeras, causas personales y frases improvisadas. Algunos diputados juran “por la memoria de tal”, “por los pueblos del mundo”, “por dictaduras” o incluso “por la patria latinoamericana”.
Esos gestos, más allá de su aparente emotividad, desdibujan la liturgia democrática argentina. Lo que debería ser un acto solemne, cargado de sentido republicano y respeto por nuestras instituciones, se transforma en una puesta en escena de individualismo político, donde algunos parecen olvidar que están representando a la Argentina y no causas extranjeras.
Cuando Ajmechet dice “Paremos con este circo”, no está atacando una idea ni un sentimiento, sino el vaciamiento del rito que nos pertenece como Nación. El juramento no es una oportunidad para la creatividad; es un compromiso público con la Constitución y con la Nación Argentina, con sus símbolos y su historia.
El reglamento —que ofrece fórmulas diversas, incluso para quienes no profesan religión— busca precisamente eso: garantizar un marco de respeto, de pertenencia y de unidad simbólica entre todos los argentinos.
El planteo de la diputada tiene, por tanto, una doble lectura. En lo inmediato, apunta a ordenar el procedimiento parlamentario. Pero en el fondo, pone en discusión una cuestión cultural: el límite entre la representación y el espectáculo. En una era donde todo se registra, se viraliza y se capitaliza políticamente, las juras fuera de reglamento se convierten en pequeños actos de marketing personal. Y eso, a los ojos de Ajmechet y de muchos ciudadanos, degrada el valor institucional del Congreso.
Su proyecto, si prospera, impondría una consecuencia clara: quien no jure como lo marca la norma, no se sienta. No hay espacio para “interpretaciones”. El juramento es el punto de partida del mandato, no una declaración artística.
Por eso la frase “Paremos con este circo” sintetiza una demanda de sobriedad, de respeto por la forma y por el lugar. En tiempos donde la política muchas veces se confunde con el show, el mensaje de Ajmechet suena casi contracultural: recuperar el sentido del deber, de la palabra y del gesto institucional.
Un dato interesante para aportar, que le da aún más seriedad al proyecto de la diputada libertaria, es que Sabrina Ajmechet es una de las pocas legisladoras que no frecuenta los canales de TV, ni los medios en general, salvo situaciones puntuales que así lo ameriten. En un escenario donde hay congresistas que están más tiempo en la TV que en sus bancas, esto no es un hecho menor.
