Tras conocerse que Cristina Fernández de Kirchner fue internada y operada por una apendicitis en el Sanatorio Otamendi, una clínica privada de alta complejidad ubicada en la Ciudad de Buenos Aires, se reavivó un debate que en la Argentina nunca termina de cerrarse.
La salud pública, los privilegios del poder y la distancia entre el discurso y los hechos volvieron al centro de la escena. Esta vez, el disparador fue un mensaje en la red social X que el empresario Marcos Galperin compartió.
“Hay 59 hospitales Evita. 35 Hospitales Perón. 17 Hospitales Néstor Kirchner. Pero se atienden en el Otamendi“, decía el mensaje de un usuario de la red social X que el fundador de Mercado Libre compartió en su propio perfil.
El posteo original, escrito por otro usuario, enumeraba una larga lista de hospitales públicos que llevan nombres ligados al peronismo: Evita, Perón, Néstor Kirchner. El mensaje cerraba con una frase que resumía el enojo de muchos argentinos: “Pero se atienden en el Otamendi”. Galperin no agregó comentarios. No hizo falta. El retuit alcanzó para que el tema explotara en redes y en charlas de café.
Para una parte importante de la sociedad, sobre todo para adultos mayores que vivieron décadas de promesas incumplidas, el contraste resulta evidente. Durante años, el kirchnerismo levantó la bandera de la salud pública, la reivindicó en discursos, actos y campañas.
Se inauguraron hospitales, se colgaron placas, se multiplicaron los nombres simbólicos. A la hora de un problema serio de salud, la elección fue una institución privada, reconocida por su excelencia médica, su tecnología de punta y su atención personalizada.
El Sanatorio Otamendi no es un detalle menor. Se trata de uno de los centros privados más prestigiosos del país, con estándares que están lejos del día a día que enfrenta un hospital público promedio. No hay pasillos colapsados ni turnos a meses vista. Tampoco faltan insumos básicos. Esa diferencia es la que muchos ciudadanos marcan con una bronca contenida.

Las reacciones no tardaron en llegar. Hubo mensajes de apoyo, deseos de pronta recuperación y llamados a bajar el tono. También aparecieron críticas duras, cargadas de ironía. Muchos recordaron discursos donde se defendía al sistema estatal como ejemplo regional. Otros apuntaron a la coherencia. El punto no fue la cirugía en sí, sino la elección del lugar.
Galperin, empresario admirado por buena parte del electorado, suele decir poco y generar mucho impacto. Cada intervención suya toca una fibra sensible. Para quienes valoran el esfuerzo privado, el mérito individual y desconfían del relato populista, el mensaje expuso una verdad incómoda. Los líderes que hablan de igualdad no confían en el sistema que administraron.
No se trata de negar la calidad de muchos profesionales del sector público. Médicos y enfermeros sostienen hospitales con vocación y sacrificio. El problema es estructural. Décadas de mala gestión, corrupción y uso político de los recursos dejaron un sistema agotado. Frente a una urgencia, quien puede elige otra opción.
La pregunta queda flotando: si la salud pública es tan buena como se ha dicho durante años, ¿por qué los propios referentes no la eligen? Esa duda, lejos de apagarse, sigue creciendo. Y esta vez, vino acompañada por un nombre que pesa y un mensaje que muchos estaban esperando leer.
