Todos conocemos a ese pariente que llega a las fiestas con las manos vacías, sin traer siquiera el pan o la bebida, pero con una predisposición absoluta para sentarse en la cabecera. Es ese personaje que se sirve el mejor plato y, entre bocado y bocado, se dedica a criticar con la cocción del asado, la marca de la soda y hasta la música que eligieron los anfitriones.
Si el asado está a punto, se queja de que está seco; si está jugoso, protesta porque falta cocinar un poco más. No aporta una sola idea útil para mejorar la velada, pero es siempre el primero en levantar la voz para sentenciar que todo está mal organizado y que él lo haría mejor, aunque nunca haya encendido un fósforo.
Incluso cuando llega el momento inevitable de dividir los gastos y pagar la cuenta, ese familiar propone con una soltura que asombra a los presentes que directamente la deuda no debería ser pagada; y mejor ni se les ocurra preguntarle por qué, porque ahí es capaz de quedarse dos horas hablando solo, dándoles una clase de economía que nadie le pidió y que no soluciona absolutamente nada.
Está claro que cuando organicen la próxima cena, la primera medida será la de crear un grupo de WhatsApp aparte, donde solo estén los que realmente quieren disfrutar y colaborar.
Esto es exactamente lo que le pasó al diputado Nicolás del Caño, quien anda llorando por los rincones, porque lo dejaron afuera de la Comisión de Presupuesto.
El legislador, acostumbrado a los flashes, a los gritos y a las interrupciones constantes que suelen empantanar cualquier debate serio, no para de quejarse porque a él, Miryam Bregman y un par de diputados más les impidieron formar la mencionada comisión.
La exclusión de la Izquierda fue una aplicación quirúrgica del reglamento. El oficialismo se basó en el Artículo 105, que establece que la composición de las comisiones se hará respetando la proporcionalidad ‘en lo posible’. Con criterio y firmeza, se decidió que ya no era ‘posible’ ni productivo cederle un lugar a un bloque de 4 diputados que solo busca obstruir.
Se priorizó a quienes garantizan la gobernabilidad y el trabajo serio, dejando claro que el reglamento ya no será un refugio para los que viven de la queja, sino una herramienta para los que quieren que el país funcione.
Al quedar fuera del reparto de sillas de la comisión más importante del Congreso, Del Caño perdió su escenario principal para montar lo que muchos de sus colegas llaman, por lo bajo, “el show anual de la queja improductiva”.
En los pasillos del Palacio Legislativo se comenta con sorna que, por primera vez en décadas, las reuniones de presupuesto podrían durar la mitad del tiempo y ser mucho más técnicas, al no tener que dedicar horas a escuchar teorías económicas que fracasaron estrepitosamente en cada rincón del planeta donde se intentaron aplicar.
Para el ciudadano de a pie, aquel que se levanta temprano para trabajar o el jubilado que espera que el país arranque de una vez por todas, esta noticia es un bálsamo de sentido común frente a tanta retórica vacía y obsoleta.
Es el equivalente institucional a que el grupo de amigos finalmente deje de invitar al que solo sabe poner palos en la rueda, al que nunca pone un peso para el asado y al que, encima de todo, pretende dar lecciones de moralidad económica mientras vive de los impuestos de los contribuyentes.
Habrá que ver si, ante este nuevo escenario de irrelevancia parlamentaria, la izquierda aprende finalmente a proponer algo constructivo para la nación o si, como es su costumbre, seguirá llorando por los rincones de un Congreso que decidió, por fin, empezar a trabajar con seriedad. Por ahora, el “protestón” de la familia se quedó sin silla en el banquete principal, y sus tres diputados de bloque también.
