El oscuro vaticinio de Antonio Laje

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Antonio Laje rompió con la rutina televisiva en A24. No hubo discusión ni cruce político. Fue algo más silencioso y, justamente por eso, más inquietante.

Todo ocurrió durante El Pase con Luis Novaresio, que buscó cerrar el año con una escena distendida. En pantalla apareció un video generado con inteligencia artificial donde ambos periodistas eran recreados en situaciones ficticias, vestidos de Papá Noel y corriendo por la playa.

La intención era clara. Provocar risa, sorprender, mostrar el costado lúdico de una tecnología que avanza a pasos agigantados. Pero en Laje no hubo sonrisa.

Miró las imágenes en silencio. No fue una pausa televisiva. Fue una reacción genuina, como si hubiera entendido algo que iba mucho más allá del chiste.

Cuando tomó la palabra, el tono cambió por completo. Dejó atrás el registro relajado y habló con una gravedad que sorprendió incluso a su colega. No buscó impacto ni exageración. Lo que hizo fue advertir.

Laje planteó que ese tipo de contenidos no representan un juego aislado ni una curiosidad pasajera. Para él, se trata de un anticipo concreto de lo que está por venir. Y de algo que ya empezó a instalarse con fuerza.

Su vaticinio fue oscuro y directo. La inteligencia artificial no solo modificará tareas menores. Está en condiciones de desplazar personas, vaciar profesiones y alterar la lógica del trabajo humano en un plazo mucho más corto del que muchos imaginan.

No habló desde el miedo abstracto. Habló desde la certeza de quien observa el fenómeno de cerca y entiende que la velocidad del cambio supera la capacidad de adaptación de la sociedad.

Según su mirada, el impacto no será gradual ni ordenado. Será abrupto. Afectará sectores completos sin aviso previo y sin que existan respuestas claras para contener ese avance.

Laje dejó entrever que el problema no es la herramienta en sí, sino la rapidez con la que se impone. Una velocidad que deja poco margen para reaccionar y genera una sensación de fragilidad que atraviesa a todos, incluso a quienes creen estar a salvo.

El estudio quedó en silencio. Novaresio escuchó atento. Ya no era un pase televisivo más. Se había transformado en una reflexión incómoda sobre el rumbo que está tomando el mundo.

Laje suele mostrarse firme, seguro, con control del discurso. Esta vez apareció inquieto, consciente de que el escenario que se aproxima no distingue trayectorias ni jerarquías.

Su advertencia no se limitó al mundo de los medios. Fue más amplia. Apuntó a una transformación que amenaza con redefinir el valor del trabajo humano y el lugar de las personas frente a sistemas que avanzan sin pausa.

El mensaje quedó flotando en el aire. No como una consigna alarmista, sino como una señal de alerta. De esas que incomodan porque obligan a mirar una realidad que ya está en marcha.

Laje no ofreció soluciones ni buscó tranquilizar. Lo que hizo fue anticipar un escenario complejo. Y lo hizo con la convicción de quien cree que el tiempo para reaccionar es mucho menor de lo que se piensa.

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