Cristina Kirchner atraviesa, sin lugar a dudas, su peor momento político y personal. Aislada y presa, con una centralidad que se desvanece y cercada por fallos judiciales que ya no puede controlar, la exmandataria debe sumar ahora un trago amargo que no estaba en sus planes: la traición de quienes fueron sus soldados más leales.
La información da cuenta que Luis D’Elía, acaba de abandonar en forma definitiva a la exjefa de Estado para buscar refugio bajo el ala de Axel Kicillof.
La confirmación llegó a través de una de sus habituales grabaciones caseras. Vestido con la camiseta argentina y desde la intimidad de su casa, D’Elía lanzó un mensaje que cayó como una bomba en el Instituto Patria. “Le pedimos a Axel Kicillof que enfrente el pasado y terminemos con algo que ya terminó”, sentenció el dirigente, marcando el fin del liderazgo de Cristina. Con estas palabras, el piquetero no solo le da la espalda a quien defendió a capa y espada, sino que la ubica en el lugar que más le duele: el pasado.
Este movimiento de D’Elía es una pieza clave en la interna que hoy envuelve al peronismo. Su reclamo es directo: exige que el gobernador de la provincia de Buenos Aires profundice la fractura del PJ bonaerense y desafíe abiertamente a Cristina Kirchner. La traición es total porque no se trata de un opositor, sino de alguien que conoce los secretos más profundos del armado kirchnerista.
Para entender la magnitud de este “golpe” directo a Cristina, es necesario hacer memoria. El público recuerda perfectamente aquella noche de 2008, en plena crisis por la resolución 125 y el conflicto con el campo. Mientras miles de argentinos marchaban pacíficamente hacia el Obelisco, Luis D’Elía encabezaba una columna de choque para “recuperar la plaza” en nombre de Néstor y Cristina. Aquella imagen del dirigente golpeando a un manifestante en una pueblada se convirtió en el símbolo de una época donde valía todo para sostener el relato.
Hoy, ese mismo hombre que puso el cuerpo en las calles y enfrentó denuncias penales por defender a “la Jefa”, decide soltar la mano. El contraste es tremendo: de los golpes en la plaza para defender a Cristina, a pedir que “terminen con lo que ya terminó”.

La soledad de Cristina es, por estas horas, el tema de conversación en el círculo rojo. Sin sus antiguos escuderos pidiendo su jubilación forzosa, el escenario es de una ruina política evidente.
Este episodio marca el final de un ciclo donde la lealtad se compraba y vendía al mejor postor. Para la exvicepresidenta, el video de D’Elía con la camiseta argentina no es solo un mensaje de redes sociales; es la confirmación de que el barco se hunde y los primeros en saltar son aquellos que alguna vez juraron dar todo por ella.
