El tablero internacional vuelve a ponerse en movimiento con una jugada que no dejó a nadie indiferente en los pasillos de la Cancillería. Las decisiones de fondo en materia de diplomacia suelen tomarse con cautela, pero esta vez la determinación fue rápida y contundente. El objetivo central es claro: terminar con años de representación de cabotaje para pasar a una ofensiva real en los centros de poder.
Las relaciones con el continente europeo entraron en una etapa de revisión profunda desde que está Javier Milei en la Casa Rosada. Ya no se trata de buscar aliados ideológicos en regímenes cuestionables, sino de plantar bandera en los lugares donde se define el comercio y la política del primer mundo. La orden que bajó desde la cúpula del poder fue elegir a alguien con trayectoria y capacidad de debate.
En los sectores que siguen de cerca la política exterior, el movimiento se venía venir como parte de un reordenamiento necesario. Los nombres que circulaban eran varios, pero la balanza se inclinó por una figura que conoce de cerca los mecanismos de poder y que tiene la formación intelectual para no dejarse amilanar en los foros internacionales.
El lugar elegido para este desembarco no es un sitio cualquiera, sino un punto neurálgico para la política global. Desde allí se coordinan acciones que impactan de manera directa en el flujo de inversiones y en la imagen que el país proyecta hacia el mundo. Hacía tiempo que ese despacho no contaba con una presencia fuerte que representara los valores de la libertad y la defensa de las instituciones.
La noticia se oficializó finalmente con la firma del decreto correspondiente: Fernando Iglesias fue designado como el nuevo embajador argentino en Bélgica. El presidente Javier Milei decidió confiarle esta tarea a uno de los hombres más frontales y respetados por quienes defienden la república. Iglesias llega a Bruselas con la misión de recuperar el prestigio nacional en el corazón de Europa.
Este nombramiento representa un cambio de aire total respecto a las gestiones anteriores, donde los cargos diplomáticos solían ser premios consuelo para militantes sin preparación. Iglesias, con su estilo directo y su vasta experiencia legislativa, se perfila como el representante ideal para dar las discusiones necesarias en un territorio europeo que suele ser complejo. La Argentina vuelve a tener una voz potente en el exterior.
Bélgica es la sede de los principales organismos de la Unión Europea y el cuartel general de decisiones que marcan el ritmo del mercado común. El arribo del legislador a esas tierras asegura que los intereses nacionales estarán protegidos por alguien que no tiene miedo de decir la verdad.
Muchos ciudadanos que valoran la coherencia política ven en este movimiento un acto de justicia y una excelente estrategia de gestión. Fernando Iglesias ha sido, durante años, el muro de contención contra los atropellos del populismo en el Congreso nacional. Ahora, ese mismo ímpetu será volcado en la arena diplomática para atraer inversiones y fortalecer vínculos con las naciones más desarrolladas.
La designación ya despertó las críticas habituales de los sectores que prefieren una Argentina aislada y empobrecida. No pueden soportar que una figura con el peso intelectual de Iglesias ocupe un lugar de tanta relevancia.
Esa resistencia es la mejor señal de que el camino elegido es el correcto. El país necesita representantes que hablen el idioma de la libertad y que no se achiquen ante las presiones de la burocracia internacional.
Con este paso, el Gobierno reafirma su compromiso de integrar a la Argentina al mundo civilizado. La etapa de la diplomacia oscura y los pactos bajo la mesa quedó atrás. Iglesias en Bélgica es sinónimo de una política exterior seria, alineada con Occidente y enfocada en devolverle al país el lugar que nunca debió perder. La batalla por la libertad ahora tiene un nuevo frente en el corazón del viejo continente.
