La información da cuenta de un duro golpe al corazón de la estructura piquetera de Grabois, que durante años manejó el espacio público a su antojo.
Todo viene a cuenta del desalojo masivo en el barrio de Parque Avellaneda, donde el Gobierno recuperó un predio estratégico bajo la autopista que funcionaba como base de operaciones de las cooperativas militantes.
No fue un operativo más de rutina, sino el golpe final para Grabois en uno de sus bastiones históricos más simbólicos.
Este procedimiento confirma lo que muchos ciudadanos esperaban: el sistema de privilegios que sostuvo al dirigente social durante décadas ha recibido un impacto definitivo. Con las fuerzas de seguridad recuperando el terreno en la calle Ameghino, se terminó la era de las concesiones gratuitas y los aguantaderos financiados con el esfuerzo de los contribuyentes.
Hoy, el dirigente que se creía dueño de la voluntad ajena, ve cómo su red de influencia se desmorona frente a una gestión que decidió poner orden.
El predio representaba una de las tantas cajas políticas que el kirchnerismo le permitió manejar a las organizaciones de Grabois. Hoy, bajo el nuevo clima de época, esa estructura se terminó.
El dirigente, que viene cascoteado por la justicia y perdiendo influencia en cada rincón del país, ve cómo se le cierran los grifos de financiamiento que sostenían su red de militancia rentada.
La caída de este bastión deja a la vista la debilidad extrema de un hombre que solía jactarse de su capacidad de extorsión. Al verse acorralado y sin el respaldo económico del Estado, el dirigente ha decidido refugiarse en el ala más radicalizada del kirchnerismo.
Es la reacción lógica de quien ya no tiene territorio propio y necesita mendigar protección en los márgenes de una política que la sociedad ya rechazó en las urnas.
Lo más revelador de su actual estado de desesperación es el lugar donde busca consuelo. Resulta una paradoja que su única esperanza política hoy dependa de Cristina que está condenada y con prisión efectiva.
Cuando el referente de los “humildes” tiene que colgarse de la pollera de alguien que debe rendir cuentas ante la justicia por corrupción, queda claro que su carrera política está terminada.
El mensaje llegó fuerte y claro: se terminó la fiesta de las cooperativas que no rinden cuentas y que usan el espacio público como si fuera propio. Mientras el dirigente sigue llorando por los rincones y lanzando amenazas místicas por redes sociales, el país avanza hacia la normalidad del respeto por la propiedad y la ley.
Este desalojo es el sello de una gestión que no le tiene miedo a los gritos del pasado. Grabois ha quedado reducido a un personaje marginal, sin cajas, sin predios y sin el poder que lo hizo poderoso.
La Argentina del esfuerzo empieza a ganarle la batalla al modelo de la dádiva, poniendo de rodillas a quienes siempre vivieron del trabajo ajeno.
