El periodista Rolando Graña se mostró sumamente sorprendido por una serie de encuestas que revelaron un hecho curioso en el electorado argentino: una gran parte de la población tiene ideas contrarias a las propuestas centrales del presidente Javier Milei, pero mantiene su voto de respaldo a la gestión.
El asombro del periodista quedó plasmado en su programa GPS cuando vio los resultados de un reciente sondeo de opinión, a través de un frase que sintetiza todo: “Hay gente que piensa lo contrario a Milei, pero igual lo vota”.
Esta observación no es una mera anécdota mediática. Por el contrario, se convierte en una llave para comprender la complejidad del votante que eligió a la actual administración. El fenómeno va más allá de la simpatía personal por el Presidente y se instala en una lógica de voto que prioriza la ruptura del statu quo por sobre la defensa de políticas puntuales.
El Desajuste entre el Voto y la Política Específica
La sorpresa de los analistas surge al confrontar la aprobación general que goza el Poder Ejecutivo con la postura de la ciudadanía ante temas cruciales que hacen al corazón de la agenda de gobierno.
Los sondeos que mostraron en el programa de Graña revelaron que, si bien existe un mandato de cambio contundente, no hay un consenso absoluto en torno a los pilares de la reforma liberal. Por ejemplo, al preguntar sobre el rol del Estado, muchos encuestados sostienen que debería tener una participación activa en la economía, una posición que choca de frente con la filosofía libertaria de la administración.
Las discrepancias se hacen más evidentes en cuestiones que afectan directamente a los intereses nacionales y a derechos adquiridos:
- Privatizaciones: Una parte mayoritaria de la sociedad, por ejemplo, ha expresado su rechazo a la privatización de YPF, llegando a altos niveles de desaprobación en algunas encuestas.
- Obra Pública: En un país donde la infraestructura estatal ha sido tradicionalmente un motor de desarrollo, cerca de dos tercios de los argentinos se oponen a la eliminación total de la obra pública.
- Educación: La gratuidad universitaria, un pilar de la educación superior argentina, mantiene un alto nivel de respaldo popular.
Estos números demuestran un punto crucial: la mayoría de los votantes que acompañan al Gobierno no lo hacen por una adhesión incondicional a cada una de sus propuestas de política pública. Lo hacen por una razón más profunda y, a menudo, emocional.
El Voto como un Grito de Quiebre
La frase de Rolando Graña nos obliga a salir de la lógica tradicional de la política, donde el voto es la suma racional de las preferencias por un programa de gobierno.
En este contexto, el apoyo al actual Gobierno se interpreta como un voto contra el statu quo. El ciudadano, hastiado por décadas de estancamiento económico, inflación galopante y la percepción de una clase política ineficiente, prioriza el quiebre absoluto sobre el detalle programático.
Para el votante que decidió respaldar esta opción, la promesa de una transformación radical, de un reseteo de las bases políticas y económicas del país, pesa mucho más que la defensa de determinados servicios públicos o empresas estatales. Se acepta implícitamente que la salida de la crisis requiere de medidas drásticas que, si bien pueden generar incomodidad o incluso ir en contra de preferencias puntuales, son vistas como el precio a pagar por un futuro diferente.
El votante, parece haber realizado un cálculo complejo. Aunque pueda discrepar sobre el destino de una empresa estatal específica, o desear que se mantenga algún subsidio en particular, su alineamiento con el concepto de un Estado más austero, un déficit cero y una economía más libre es irrenunciable.
Este tipo de votante percibe que el éxito de la gestión se mide en la capacidad de dar vuelta la página de una era que considera agotada, más que en la fidelidad a un manual de políticas. El “no lo votaría por esto, pero lo voto por lo otro” se convierte en una expresión de la esperanza de que, desmantelando la vieja estructura, se generarán las condiciones para una prosperidad a largo plazo.
Todo parece indicar que el voto actual es, en gran medida, un voto de castigo a lo anterior y de apoyo a un cambio de timón profundo. Este fenómeno le otorga una legitimidad fuerte al Ejecutivo para avanzar, aunque le impone el desafío de gestionar ese disenso interno con una base de apoyo que es más frágil en lo programático de lo que parece.
La lección que deja esta paradoja es clara. En tiempos de crisis profunda, la ciudadanía está dispuesta a un salto de fe, aceptando la incertidumbre de un camino radicalmente nuevo con tal de no regresar al sendero que llevó al país al límite. Porque el pasado ya lo conocemos, y el futuro lo tenemos que construir.
